Pero un día, algo me desconcetró y no me dejó escuchar con claridad, desde el más leve sonido hasta el más importante de los diálogos.
Di un golpe contra la mesa, cabreado, y me asomé a la calle. Los golpes venían de abajo. Deseaba que no fueran albañiles, no otra vez. Por suerte, la evidencia estaba de mi parte: demasiado poco basto como para provenir de una bestia empuñando un martillo. Ni tampoco podía ser alguien que picaba a la puerta de algún vecino, a no ser que llamase a las puertas a puñetazos. Descartada las dos soluciones más probables en una comunidad de vecinos, bajé intrigado.
Cuando asomé al pasillo del portal, vi que habia una nueva puerta colocada en mitad del camino, cerrada, pero que tampoco llevaba a ninguna parte. Es extraño que todavía nadie haya protestado por ella, pensé, con la de víboras come-ojos que viven aquí. El ruido venía de aquí, no cabía duda.
Rodeé la puerta, cada vez más intrigado. Fue una chica lo que encontré, preciosa, sus cabellos eran castaños y rizados, sus ojos verde intenso, cansados. La fuente del ruido era su cabeza chocando contra esa puerta.
Bom
- ¿Puedo saber qué haces? No me dejas escuchar la televisión.
- Estoy intentando abrirla -dijo mientras aprovechaba para secarse la sangre de la frente.
- Incrustate la llave en la frente... o simplemente gira el pomo.
- Eso no me llevaría a ninguna parte.
Bom
- Sí, tu modo por lo menos puede llevar a que te desmayes. La puerta no lleva a ningún lado, no hay nada detrás de ella.
- Eso es porque los pomos te han absorvido el seso. Esta puerta lleva a un nivel superior dentro de mí.
Bom
Miré detrás de la puerta, luego hacia arriba. Había lo que siempre hay. Más pasillo y más techo.
- Bajo el umbral de esta puerta -dijo-, está la entrada a mi madurez y la salida de mis lastres. Hay que echarla abajo cueste lo que cueste, aunque implique que alguien no pueda sentarse tranquilo a ver su programa favorito de televisión.
Bom
Suerte. La mejor conversación desce hace mucho tiempo.
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