sábado, 30 de junio de 2007

El camino se volvió insportable a partir de los 20 minutos andando. "No está lejos", me dijeron. Cuando llegué calculé que hacia mitad del camino ya había agotado todo el repertorio de canciones del mp3, que no es poco. Había tenido que bajar el resto del camino escuchando fragmentos de las insulsas conversaciones de los transeuntes.


Comprobé que el bar junto al que pasaba se llamaba igual que el bar al que me habían dicho que fuera, eso significaba que había llegado al sitio indicado. O eso o que hay dos bares llamados igual por la misma zona. El cartel en el que estaba tallado de mala manera el nombre se sujetaba a duras penas y temblaba por el viento de modo muy sospechoso. Me acerqué disponiéndome a entrar, y un señor calvo se cruzó a propósito en mi camino e inclinó su cabeza a varias docenas de centímetros de la mía. Tiene además varias docenas más de músculos que yo. Este hombre debería ser catalogado como antianatómico.

- Hola -le saludo, en el más cortés de los tonos que se pueden usar para dirigirte a alguien que corta el paso sin motivo, por muy músculoso que sea.
- Hola -me responde y se queda mirándome con cara de asco a pesar de que me duché antes de salir, no debe gustarle mi pelo alborotado o mi endeble cuerpo.

Llegados a ese punto lo normal es esperar que te den una explicación de por qué han decidido hacerte compañía desde tan cerca y justo en frente de la puerta en la que te disponías a entrar, pero este giganton agotó sus horas de estudio en levantar pesas que acabarían cayendo seguramente encima de su cráneo y no daba para recordar las normas de conducta social tan repugnantes y tan necesarias a veces.

Me enciendo un cigarro sin eliminar la cercanía entre su pectoral y mi cabeza. No sé quién de los dos tendrá más aguante en una situación tan ridícula como esta, pero sí sé con certeza que el humo de un cigarro, para los que no fuman, es como un gas fecal pululando en el ambiente. Y dudo mucho que alguien que da a luz a tantos músculos consuma drogas de este tipo.

De este tipo.

- ¿Qué tal la vida? -Pregunto, mientra expulso el humo. Acaba rebotando en mi cara-. A mí bien, recuerdo un día cuando era pequeño que...
- No pueden entrar menores de 18 años -me dice, interrumpiendo la interesante historia que me disponía a contarle y rompiendo el encanto de la escena absurda.

Todo este numerito se podría haber visto reducido a dos segundos, que es lo que se tarda en pronunciar la mágica frase de "menores no".

- Bueno, el del estanco dio por hecho mi mayoría de edad así que...
- D.N.I. -Interrumpe de nuevo. Creo que la palabra clave para que me interrumpa y no me deje seguir diciendo estupideces es el "que".
- No te lo vayas a quedar, que es mío -se lo entrego.

Hace un rápido cálculo mental para obtener mi edad a través de mi año de nacimiento y me deja paso. Antes de eso me devuelve el D.N.I., por supuesto. Eso sí que es profesionalidad, detenerse ante el impulso de robar un suculento D.N.I.

Entro y en un par de cambios de posición de pupila ya lo tengo todo rematadamente visto. Es un tuburio de lo más común, con su barra, sus botellas raras que nadie conoce al fondo, sus sillas, sus borrachos y poco más. Como tantos otros bares que hay a pocos minutos de mi casa. La camarera sin embargo sí es de las que hay que andar kilómetros para verla en persona, porque mujeres como esa sólo nacen a kilómetros de todo el mundo, abandonada en algún campo de trigo.

Me siento en una de las sillas junto a la barra y adopto la postura típica de 'tío sentado en la barra'. No me gusta sentarme en una mesa cuando estoy solo, queda raro, además no sabría darle conversación a la mesa. La camarera me mira y se acerca a mí y entonces se produce una mítica situación incómoda, que para aclararla diré que las dos siguientes frases son pronunciadas casi simultáneamente:
- Una cerveza -digo yo.
- Hola -dice ella.

Todo lo demás sucede con normalidad. Ella me la trae, yo se la pago y yo me la bebo; sin más incomodidades innecesarias.

- ¿Has visto las pintadas que hay en la pared aquella? -Me pregunta al rato de verme tranquilo sin soportar a nadie. Está aburrida y quiere entretenerse conmigo, ya que por ahora soy el único que no está borracho. Lo que no sabe es que en cuanto llegue quien estoy esperando la voy a dejar otra vez más sola que la una sin compasión alguna.
- No, no me he fijado -miento. Claro que me he fijado, lo hice en el segundo cambio de posición de pupila. Pero haber dicho que sí hubiera sido más aburrido, además ella esperaba mi sorpresa. Si le digo que ya me he fijado y he seguido como si nada seguramente la hubiera decepcionado y ya fue suficiente con el no hola de antes.
- Todo el que viene por aquí deja una firma o escribe alguna frase donde encuentra hueco, ¿te apetece? -Sonríe. Nadie puede resistirse a esa sonrisa. Aunque claro, si yo tuviera esa sonrisa madre del "sí", desde luego no sería camarero.
- Venga, vale -dije después de mirar con tristeza a la cerveza, que me esperaba impaciente en la barra.

Me ofreció un rotulador y me arrodillé frente a la pared. Yo estaba en contra de pintar cosas en las paredes, para algo estaban las hojas de papel, para algo nos comemos los bosques a diario. Las paredes, sin embargo, no tienen ese aliciente de destrucción. Escribí "la camarera está buena y desesperada". Espero no volver nunca por este bar, aunque con la de gilipolleces que hay escritas cómo diablos iba a adivinar cuál era la mía. Leí alguna de ellas, y ninguna merecía el aprobado, así que paso de recordarlas.

Volví a mi asiento en la barra y besé de nuevo aquella grata botella de cerveza. La camarera no tardó en venir a mí a preguntarme, con su sonrisa de dámelotodo, que qué había escrito, que sentía curiosidad. Ya sabía yo que esa sonrisa me traería problemas. En ese momento la puerta se abrió, y una mujer me buscó con la mirada. Cuando me encontró, me hizo un gesto de "siéntate en la mesa a la que yo me dirijo". Fue ella la que me salvó del mal trago, aunque no es nada comparado con la noticia que viene a traerme.

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