Tan quieto y tan común me aburre, ahora necesito un paisaje extraño y agitado al que yo diga por dónde tiene que explotar cada una de sus sacudidas. Me gustaría tener poder para ordenar cómo tienen que ser los parámetros de belleza del planeta, ser su estilista y adornarlo a mi placer. Desde las alturas coger un pincel y empezar a blandirlo con un ojo cerrado y como si un guerrero espadachín me bloquease los movimientos impidiendo que le rebanase la cabeza. La victoria no debe ser aleatoria.
He subido al sitio más alto que he encontrado de esta especie de fortaleza derruida, monumento a las épocas bélicas del pasado, y me he sentado en uno de sus muros a escribir. Las piernas cuelgan de mi cuerpo y el vacío las tensa, bajo mis pies está todo lo que quiero ser capaz de modificar aunque por fuera me tenga que conformar con pensar y escribir. Mi escalada es mínima en comparación con la ventaja que la luna nos lleva, sin embargo parece mas inmensa. Supongo que la atípica altura me engaña los sentidos, satisfaciéndome en la medida de lo que pueden.
Por fin empiezan a escucharse las explosiones en el cielo. En soledad todo se ve de manera muy distinta, porque nunca antes se me habría ocurrido comparar los fuegos artificiales con pompas de jabón muriendo en el cielo. Cada uno de esos cohetes hacen el esfuerzo de silenciar los pasos que, por detrás, se acercan a mí. No es suficiente, quizás sí silenciando otros pasos, pero no con estos. Porque cada paso es un pie desnudo que se clava en la fría piedra, como versos tallados en roca. Hermosa crueldad.
- ¿No sería precioso contemplar este momento con alguien que te sea especial? -Pregunta, sentándose a mi lado.
- ¿Lo dices por ti o por mí?
- Por ambos.
- Me da igual.
No apartamos la mirada del cielo, del mismo punto que ahora tienen fijado cientos de ojos. Cuento los estallidos que se producen entre nuestras simultáneas respiraciones.
- Yo me soy especial -le recrimino al rato, como todavía fastidiado por el anterior comentario.
- ¿No echas de menos nada?
- Sí, la soledad, pero es un problema demasiado reciente como para que me torture. Tan reciente como de hace diez minutos.
- Hablo en serio.
Su rostro está inmutable, sin sentimiento. Tanto dramatismo no sé a qué me recuerda, pero aunque no acompañe a la situación, tengo que esforzar que no se me escape una risa de incomodidad. De todos modos, es normal que sea esa la expresión que observe, es la que he estado pintando en todos mis cuadros.
- Sí, algunas cosas.
- ¿Como qué?
- La sensación que se crea al estar a mínimos esfuerzos de cruzar una meta, después de su correspondiente sufrida carrera.
- ¿Y qué sobre la sensación de cruzarla?
- No echo de menos la decepción.
Completa mis frases con sus preguntas, porque son las preguntas que me haría a mí mismo para completar mi propia información transmitida incompleta.
- ¿A qué vienes aquí? Sabes que tengo planeado matarte, ¿verdad? -Le pregunto, mirando siempre fijamente las explosiones, aunque ignorando sus ya molestos estallidos, cada vez más fuertes y seguidos.
- Sí, lo sé.
- Y a pesar de eso me persigues, recreando mis huellas en cada instante de pasajera paz. ¿No tienes miedo? De que... te empuje y caígas al vacío, de que nos abracemos en pelea rodando por el suelo y golpee cada parte de tu cuerpo mientras te defiendes a kilómetros de aquí. ¿No lo tienes?
- Mi muerte para ti es importante, no me matarías de manera tan insignificante.
- Te mataré como yo quiera -le respondo mosqueado, molesto por su presunción.
La línea mágica de uno de los cohetes dibuja una parábola en el cielo, atraviesa las brevemente iluminadas nubes de humo que flotaban sobre el lugar, y se expande seguido por el impulso del viento que ha creado su paso. Las estrellas brillan construyendo simbólicamente su camino, y van a su tonalidad normal cuando se aleja, como si de una ola humana se tratase. Nuestros rostros se iluminan, y la muralla parece empujada por un enorme foco de cegadora luz. Las voces de todos esos cientos de ojos inferiores aplauden y gritan emocionados hacia el imprevisto destino y todo el cielo está siendo arrollado a su paso. La voz del cohete es el silbido de dolor del viento, y ésta es cada vez más pronunciada, hasta que durante una porción de segundo me acaricia la oreja cayendo empicado hacia el estómago de mi acompañante. El suelo tiembla, toda la atmósfera vibra. La moribunda burbuja de colores crece junto a mí, y bajo el baño de colores observo con placer los trozos humanos que hay repartidos por el suelo detrás mía sobre un mosaico de sangre.
- ¿Lo ves? ¡Te mataré como yo quiera! -Grito a los restos.
Escribo el punto y final, cierro el cuaderno y sigo contemplando el espectáculo. Me queda el consuelo de que todavía me reservo un poder bajo la manga.
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