Las palabras del libro se sucedían tan sinsentido como los días que pasaba leyéndolo. La verdad es que todo lo triste parece poder compararse con el transcurso del tiempo. Y viajando en ese pesar llegó el sonido del vidrio, en débiles golpes un cuerpo sin vida llama a otro. Me arrastré en pos de la llamada, sosteniendo a dos manos lo que debía ser mi seguro de futuro.
Descorrí todo lo que hay que descorrer para terminar abriendo, al fondo de todo, una ventana. Y ahí, en el infierno que hay bajo mi infierno, estabas tú, tan campante. Como si la lluvia que te mojara fuera la última muestra de una receta ya extinta del mejor de los elixires. Como si las horas en las que no se duerme no te pesaran. Como diciéndome "mira qué fácil es sobrevivir feliz". Entre dos brazos extendidos llamas en silencio la vida que ya no habita en mí.
- ¿Escuchas todo este silencio que te rodea? -Grita desde la calle.
- Sí, lo escucho. O bueno, no. -Respondí en mi habitual pasividad.
- Lo he creado yo, para ti. Para que te sea más fácil leer.
Y después de eso, se fue.
Es una pena, se le olvidó silenciarme también el pensamiento, pues después de eso no pude escuchar más lo que leía.
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