sábado, 2 de febrero de 2008

Jana era una chica introvertida, que desahogaba todo lo insustancial que había dentro de ella cuando estaba con sus tres únicas amigas. Estudiaba a diario, mínimo un par de horas, sin embargo sus notas no superaban la media de la clase. Iba un par de días a la semana al gimnasio para adelgazar, pues no estaba contenta con su físico y sentía que no atraía a ningún chico. Allí no se relacionaba con nadie, se dedicaba a su ejercicio mientras fingía que ignoraba todo lo demás, pero lo cierto es que era su timidez la que le impedía hablar con quienes a ella le gustaría hacerlo. Allí pasaba inadvertida y procuraba, sin necesidad, no llamar la atención de nadie por miedo a hacerlo para mal. Su retraimiento social incluso impedía que se duchase allí, por lo que volvía a su casa empapada de sudor. Sus únicas salidas eran las de ir a clase, martes y jueves gimnasio de 7 de la tarde a 9, y viernes con sus amigas, de 5 de la tarde a 9. Los demás días de la semana los pasaba en casa con su familia, salvo alguna salida eventual con ellos a pasear. Su rutina le resultaba placentera, y con sus amigas tenía suficiente la mayoría de las veces para existir agradablemente.
Tomaba notas mentales de todo lo referente a la vida de Jana mientras fumaba un cigarro sentado en mi escritorio, bajo la única luz del molesto brillo del monitor de mi ordenador. Su vida era simple y feliz, pensaba con cierta indiferencia, a mi ver podría decir que perfecta si no hubiera sido por mi presencia en ella.



Esperaba con nerviosismo la llegada de Lina, pues con ella, darían comienzo los quince minutos más interesantes de mi día a día. La razón de mi nerviosismo la achaqué sobretotodo a que, quitando la gran noticia que estaba a punto de asaltarnos a todos, ese día era lunes y siempre venía cargada de cosas de las hablarme, pensamientos que había tenido en mi ausencia y que no podía compartir con nadie más; yo debía estar a la altura de ellos. Eran mis quince minutos de prueba para la gloria, en los que debía impresionarla y hacer que se enamorara de mí con una opinión a sus pensamientos bien elaborada que conmoviese algo dentro de ella... éste era el único método al que yo tenía acceso a llamar su atención en sus limitadas relaciones conmigo. Su amor por mí dependía de mí, eso estaba claro, y si lo dejaba a la suerte jamás llegaría esa situación. No soy como esos afortunados a los que su simple presencia les basta para conquistar a quienes ellos quieren. Pero estaba seguro que, de conseguirlo del modo difícil, disfrutaría de un amor mucho más digno y elevado que el de esa gente a la que la suerte le sonríe incluso sin desearlo fervientemente.

Mientras analizaba las comparativas sobre mi inexistente relación sentimental con Lina, apareció a mi lado sobresaltándome. Me saludó en su habitual gesto de indicarme que empezaramos a caminar y nos pusimos a ello.
- De aquí en adelante iré en moto a clase -dijo sin más dilación.
Sentí como si me estuviera exigiendo el divorcio. Aunque no fuera así, afectaría directamente a mis planes con ella.
- Bueno -contesté, con toda la neutralidad de la que disponía en aquel momento, que no era mucha.
- No te preocupes, vendrás conmigo -notó mi desagrado, eso le permitió utilizar un tono jactancioso que seguramente le provocó un cosquilleo de superioridad hacia mí. Me pregunto si sabrá algo acerca de mis sentimientos.
- No sé, me gusta el camino. Me gusta la pausa que hay entre la agitación de despertar, prepararme y salir, y la agitación de estar en clase. Es como un respiro en el que reflexionar sobre qué será del día.

Todo eso era verdad, pero indudablemente iba a ir con ella ya que me lo había ofrecido. La cuestión era que tenía que compensar el que acabara de notar mi consternación, para no dejar evidencias. Sin embargo, seguía entristeciéndome la idea... nuestros quince minutos experimentarían una considerable reducción, y en esos minutos restantes no habría hueco para las conversaciones que mantenemos ahora.
- ¿Qué te pasa? -Preguntó. Si bien antes había interpretado facilmente mi gesto, casi como si se lo esperara, ahora no. Mi visible reacción negativa la contrariaba. Quizá ahora hayan girado las tornas y piensa que no quiero ir con ella, su recién nacida superioridad hacia mí se habrá ido al traste.
Paso mucho tiempo junto a Lina, pero sólo este rato es Lina realmente. El resto de las horas se transforma en ese despreciable ser, se adapta a la altura estándar y olvida que existe un mundo de sabiduría en el que, cuanto menos, ella es habitante. ¿Qué haré? ¿Sentarme frente a ella esperando a que de cuenta de mi existencia? No, aunque eso pasara, conquistaría a la Lina enferma. Si nos depara un futuro juntos, no quiero avergonzarme de haberla atraído en sus horas de paroxismo extremo. Imagino una situación en la que se fija en mí y luego sus amigas la convencen de que no merezco la pena, de que soy como de otro planeta. Me inundo de odio, si no fuera por esas arpías quizás ni siquiera hubiera cabida para la Lina deshecha de inteligencia.
De repente, una oleada de pensamientos frescos, de recuerdos que no había tenido en cuenta, acudió en mi ayuda. Todo marchará bien, pensé para mis adentros. Quizá lo traumático de lo que me había visto obligado a hacer, había operado en mi ayuda beneficiándome con su olvido y sólo ahora que necesitaba de su conocimiento había regresado a mí. Había olvidado que estaba en proceso de solucionar el problema.
Instintivamente miré hacia atrás, por si Lie pudiera estar de nuevo detrás nuestra escuchándonos a hurtadillas. Comportamiento irracional por mi parte, ya que lo que estaba temiendo que pudiera escuchar eran mis pensamientos.
- No me pasa nada -respondí con la más amplia de mis sonrisas, recompensándola por haberse ofrecido a acortarme el camino. Eso ahora ya no importaba. Mis quince minutos, de todos modos, ya no serían imprescindibles.



Cuando llegamos, Tere y Genne acudieron en busca de Lina llamándola a voces desde lejos, como siempre. La ausencia de Jana en ese grupo de escandalosas me revolvió el estómago. Lina se despidió de mí, no hace falta que diga cómo, y se reunió con ellas. Yo seguí caminando, pensando en lo poco que me apetecía encontrarme con Lie ahora, teniendo mi conciencia tan exaltada. Temía que se diera cuenta y que hiciera las preguntas a las que no me apetece responder por el momento. Pero era inevitable, allí estaba sentado en su sitio, examinando con curiosidad mi llegada. Seguro que ya cree predecir algo sobre mí que ni yo mismo sé.
- Qué madrugadores estáis todos hechos -le dije animadamente, sin poder dejar del todo de lado la repulsión natural que él me inspiraba.
No me apetecía hablarle, pero no hablar con él era imposible. Así que mientra yo hablase, hablaríamos de lo que yo quisiera, o eso pensaba.
- Sí, no queríamos que te preocuparas de ser escuchado por terceras personas en tu momento de esplendor, así que todos en mutuo acuerdo hemos llegado antes que tú y que Lina -dijo con burla, evidentemente se refería a él mismo y ridiculizando además a mi propósito de atraer hacia mí a Lina.
No sabía qué contestarle para desahogar la impotencia que me originaba y teniendo en cuenta que fue él quien inició mi búsqueda de la Lina impecable, no podía sobrepasarme en la respuesta o podría estropeármelo todo. Mi destino estaba ligado fuertemente a aquel demonio sin piedad, me pregunto que conseguiría con todo esto. Por suerte, no tuve que responderle pues nuestro tutor se presentó en clase.
No nos correspondía dar clase con él y su gesto era de una pena intensa. Entró sin ni siquiera saludar, como distraído por otras cosas, cabizbajo. Todos estaban confusos ante su presencia y actitud. Cuando éste levantó la cabeza pudimos apreciar sus ojos llorosos, lo que hizo que todos se metieran ya en la atmósfera de desgracia aunque no supieran porqué. Mi corazón latía violentamente, tenía la boca seca, y parecía que me fuera a marear de un momento a otro, pero debía ser fuerte.
-Tengo una mala noticia que daros... -dijo por fin-, Jana está muerta.
Todos nos quedamos unos segundos en silencio, la clase asimilaba la noticia. El primer llanto que escuché rompiendo la quietud que precedía a la tempestad fue el de Lina, tan desgarrador y siniestro que me provocó un escalofrío, seguido por los gritos de Tere y Genne que aún se resistían a creer del todo lo que había pasado. Corrieron en búsqueda de Lina, y se fundieron en un apasionado abrazo de desconsuelo. No daba crédito a mis celos ante aquella visión, como si todos los demás sentimientos que la noticia debería haber despertado en mí fueran intocables, y lo único en que pensé es que esos sucios cuerpos manchaban el de Lina al fundirse en el abrazo.
Entre tanto, sentí la mirada de Lie atravesándome tras de mí, mirada a la que tarde o temprano tendría que hacer frente. Cuando la clase se vio de nuevo inundada en el ruido, con gente hablando, gritando, llorando e incluso pateando sillas y mesas; sentí la respiración de Lie detrás de mí, golpeando en mi oreja derecha.
- Un aplauso al autor de todo esto, no puedo creer que finalmente lo hayas hecho -me susurró.
- Cállate -le ordené al demonio girándome hacia atrás para mirarle friamente a los ojos, imponiéndome con autoridad ante su mezquindad.
Me miró con sorpresa, pero no dio muestras de haber caído bajo mi impulso, de haber sido arrojado de su despotismo.

Sin embargo, ahora yo era un demonio mejor que él.

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