Niebla, lluvia, silencio lúgubre, chasquidos remotos difíciles de clasificar... Cumpliendo esas características se dibujaba en mi mente la imponente imagen de un típico cementerio. Esta vez mi fantasía recrea el escenario real del cementerio en el que van a enterrar a Jana. La concurrencia era mínima, se limitaba a familiares cercanos y a nosotros, sus compañeros de clase. Comprobé con tristeza que aparte de nosotros no había allí nadie más de nuestra edad despidiéndola, ni que tampoco la gente sufría su pérdida como si fuera algo infinitamente doloroso, exceptuando a sus padres y a sus tres amigas del alma. Era realmente tétrico comprobar la simplicidad de su vida a raíz de su muerte. Su paso por el mundo no tardará mucho en ser olvidado, pronto no quedará nada de ella.
La lluvia debe haber sido otra razón para que haya tan pocas personas aquí. De primera mano sé que, por lo menos, cinco compañeros nuestros no han venido por eso. Cuando Lina se enteró de que no iban no se tomó muy bien la noticia, y pronunció con las lágrimas ya en los ojos: "A Jana le encantaba la lluvia". Para Lina eso era un consuelo, para mí era más bien una situación irónica.
La madre de Jana hace rato que guardó el paragüas en mitad de pleno chaparrón y llora en el hombro de su esposo, frente a la que será la tumba de Jana, mientras se empapa hasta los huesos. Concluí en que le avergonzaba que la vieran llorar y pensaba que la lluvia la camuflaría. Yo también decidí prescindir de paragüas, pero no para ocultar unas lágrimas que no fluyen aunque debieran, sino por un absurdo modo de penitencia hacia Jana. El resultado de sumar todo el dolor que captan mis ojos soy yo, el causante de todo esto. Pensé con terror qué pasaría si de repente todos descubrieran ahora mismo mi pecado... se lanzarían a por mí como fieras rabiosas para ajusticiarme, para hacer conmigo lo que yo hice con Jana.
La culpabilidad me acecha en cada esquina y no son pocas las veces que me arrepiento. Siento que he hecho algo deleznable, algo que cambiará mi vida estrepitosamente y que no podré evitar nunca la tortura de su recuerdo. Pero luego contemplo a Lina y todo cambia. Sus mejillas están húmedas y sonrojadas, contrastadas con su tez tan blanquecina y su belleza de ultratumba. Es preciosa incluso cuando sufre. Todo esto lo he hecho por ella, si me arrepiento ahora de haber matado sería como admitir que Lina no me importa lo suficiente como para matar por ella, como para salvarla del tedio hacia el que sus amigas la dirigen sin remedio. Pronto será más feliz que nunca.
Lie estaba colocado junto a ella, lo que me despertó de las ensoñaciones en las que entré mientras la miraba. ¿Acaso no había otro lugar donde colocarse? Lie siempre se entrometía en mis pensamientos más trascendentales. Observé que es el único de los que no están realmente tristes que no se molesta en fingir.
Después del entierro, Lie nos llevó a una cafetería a Tere, Gene, Lina y a mí. A pesar de las diversas excusas que los cuatro pusimos, entre ellas la más que comprensible ganas de las chicas de ir a casa a pasar la pena, pero Lie insistió y nos convenció diciendo que tenía algo importante que contarnos.
Ya una vez sentados en la mesa y habiendo sido servidos por el camarero, nos analizó uno por uno con su enigmática y diabólica sonrisa por bandera. Pareció descubrir algo que le agradó y se mostró dispuesto a empezar a hablar. Algo me decía que el día no era aún suficientemente monstruoso, que no bastaba con haber visto en primera plana el triste fruto de mis actos.
- La policía me tiene como sospechoso del asesinato de Jana -nos dijo sin rodeos y con una tranquilidad chocante.
- ¡¿Asesinato?! -Chillaron las tres a la vez. Lie las amonestó por la poca discreción.
La verdad es que ellos no sabían cuál ha sido la razón de la muerte. Si bien nos han dado una escasa versión de los hechos, nadie se la creyó, no sé porqué, y originó muchos rumores. Por supuesto, el de que había sido asesinada estaba entre esos rumores, pero tenía la misma credibilidad que los demás. Así pues, lo que acababa de decir Lie era una importante noticia y, en consecuencia, me fingí también sorprendido.
- Jana fue asesinada cuando salía del gimnasio -empezó a explicar Lie-, el único momento de su día a día en el que estaba a solas. No sólo eso, sino que además tenían información de que siempre compraba una botella de agua a la salida, en la esquina de esa misma calle. La dependienta no la vio ese día, y sin embargo sí la vieron salir del gimnasio.
- Eso es absurdo -opiné. Estaba frustrado por no haber tenido en cuenta antes ese detalle, ahora ya era tarde.
- ¿Y qué pasa con eso? -preguntó Lina irritada.
La muerte de Jana era aún demasiado reciente como para asimilar facilmente aquellos datos, pero la curiosidad de las tres podía con ellas.
- Todo lleva a pensar que la estaban esperando a la salida del gimnasio, único momento en el que era presa fácil. La hicieron cambiar de ruta y ya nunca más fue vista viva. Alguien que supo cuál era el momento indicado y que pudo convencerla de que le siguiera. Sólo lo pudo hacer un conocido -Lie tenía su mirada clavada en mí mientras hablaba-. Dada su escasa vida social las opciones se limitan mucho, y claro...
- Dada tu personalidad y con esas premisas es fácil incluirte en la lista -añadió Tere.
- ¡Vamos! ¿No pensarás en serio que Lie es el asesino, no? -intervino Lina furiosa.- Él es como es, pero asesinar va mucho más allá de tener una personalidad mezquina.
- Gracias -respondió Lie con ironía por lo de mezquino.
La intervención tan espontánea de Lina me molestó. ¿Por qué sería ella la que tuviera que salir en una defensa tan absoluta de alguien como Lie? Pensé con nerviosismo que acaso Lina prefería que yo fuera el asesino antes de que lo fuera Lie, pero luego me relajé y pensé que yo no tenía nada que ver, que incluso la policía me había dejado fuera de la lista de sospechosos, si es que existía tal lista. La superficialidad con la que hablabamos sobre los motivos de la muerte de Jana justo después de su entierro me pareció una muestra evidente de la insensibilidad natural humana, cosa que nadie parecía tener en cuenta.
- Pero no todos piensan como tú, Lina -continuó Lie-. Algunos de los que han sido entrevistados por la policía me han mencionado a mí y es por eso que me veo en esta situación.
Por un momento pensé con alegría que quizá mi misión incluiría el arresto de Lie, mientras que yo disfrutaría de una placentera vida junto a Lina.
Lie y yo nos despedimos de las chicas, por desgracía nos tocaba un tramo de camino juntos. ¿Qué tendría el diablo reservado para estos minutos de soledad junto a mí? Caminaba ligero y en silencio, queriendo llegar lo más pronto posible a mi casa sin tener que pasar ningún mal rato, pero eso no fue posible.
La calle estaba solitaria y oscura. Eran las cinco de la tarde de un domingo lluvioso, más que razón para que casi todo el mundo decidiera quedarse en casa. Podía ocurrir cualquier cosa, me sentía impotente no pudiendo correr como si fuera un niño chico huyendo hasta refugiarme en el portal de mi bloque. ¿Qué explicación podía luego dar si hiciera eso? Tenía que ser escrupulosamente normal. Mi fuero interno era un infierno gobernado por el mismísimo demonio Lie.
- ¿Quién será la siguiente? -me preguntó sonriendo- ¿Tere o Genne? ¿O las dos a la vez? Eso sería todo un show...
- ¿Qué estás insinuando?
- ¡Oh, venga! No esperaba que fueras tan idiota como para fingir conmigo. Sabes de sobra que sé que fuiste tú el que mató a Jana. ¡Yo te lo propuse y una semana después murió!
Aceleré aún más el paso, ahora que la situación me había proporcionado una excusa: la indignación.
- Un conocido la mató -siguió insistiendo, caminando ahora un paso tras de mí-. ¡Tú eres ese conocido! Tú investigaste, tú sabías cuándo era oportuno matarla.
Me detuve y le miré furioso cara a cara.
- ¿Qué quieres de mí? -grité.
En ese momento acepté la derrota, habría aceptado que Lie me entregara si es que no lo había hecho ya. Además tenía razones para hacerlo, pues así demostraría su inocencia. La verdad saldría a flote y yo no podría negarla. Con una acusación hacia mí no tardarían en demostrar mi culpabilidad.
Lie acercó espontáneamente su cara hacía la mía, inclinándola como si fuera a besarme en la boca. Sus manos agarraban mis hombros con firmeza. Me tenía a su merced. Su larga melena estaba empapada, la lluvia había convertido sus rizos rubios en lacios mechones morenos lo que hacía que un par de ojos azules inyectados en maldad impusieran aún más ante tan sádica mirada. La situación era tan ilógica que realmente temí que fuera a besarme en un arrebato.
- Quiero que continúes con el plan -dijo-, quiero que sigas matando.
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