viernes, 20 de agosto de 2010

El ser humano es un extenso abanico de colores que, tras analizar cada uno de ellos con mínimo detenimiento, comprendes que son insuficientes. Quiero la luminosidad del diamante reflejando la sonrisa de esa mujer y el destello del relámpago en la mirada de aquel rabioso, el fulgor del fuego rodeando un ardiente carácter, el color del cielo reflejado en el mar con espuma del oleaje en aquel que corre impetuoso hacia la locura y mil cosas más.

Más que eso todavía quieren mis ansias. Quiero colores nuevos aun no vistos y que sean tan fuertes y dominantes que oculten de la vista los antiguos. La creación de un nuevo color que vaya extendiéndose cual virus en la conciencia de todos. Exclamación, calambrazo mental y sonrisa: Así imagino yo el descubrimiento de esos nuevos colores. Y que cada ojo viera ese color de un modo distinto, ¡como un color nuevo cada vez!

Que la humanidad asista al entierro del arco iris en celebración y vítores, en nula melancolía del antaño pretencioso semicírculo. Los antiguos colores deben ser destruidos para poder crear otros nuevos.

Y este fantástico desvarío no es sino un pequeño desliz de optimismo. Lo que grita vehemente en mi mente es oscuridad y es la que define al ser humano y mueve el engranaje.

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