jueves, 9 de diciembre de 2010

"No hay nada que decir", pienso calmado mientras paseo por la encharcada ciudad, ahora dormitando la resaca de la tormenta bajo sus improvisadas lagunas. Se respira la dulce fragancia de la humedad y el gris apagado de las nubes. Camino entre pasos de baile esquivando charcos, de puntillas, cerrando los ojos, extendiendo los brazos, respirando el frío glacial que surca mi cara. Y entonces sonó la dulce melodía que me hizo girar.

"¿Dónde van tus pasos?", preguntó asiéndose a metros de mí de una cuerda que había atada alrededor de mi cintura.

"A ningún lugar, no hay nada que decir". Sujeté agua con mis manos y me fui liberando su tacto girando sobre mí mismo y enrollándome.

"Voy contigo", dijo con ternura, al tiempo que se deslizaba danzarina por la cuerda hacia mí, como quien desciende caprichoso por una montaña de hielo. Su baile hipnótico, siniestro y embaucador. Pasaba bajo la cuerda y sonreía, cambió la mano con la que la sujetaba descolgando su cuerpo y guiñó, la saltaba en un parsimonioso juego de elásticas piernas que ascendían y descendían, y empequeñecía sus ojos con inocente lujuria.

"No hay nada que decir", le dije cuando ya estaba frente a mí, dando un leve tirón de la cuerda para hacer chocar su cuerpo contra el mío.

"No hay nada que decir, salvo que bailes para mí" susurró al oído, rodeando mi cintura con su brazo sin soltar su extremo de la cuerda.

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