jueves, 1 de septiembre de 2011

Dos bailarines, agarrados nerviosamente por la cintura, comenzaron a bailar al son del piano, entre las sombras de aquel amplio y mal iluminado salón. La tétrica canción que sonaba no facilitaba el baile, y bien podía decirse de ella que su decadente ir y venir de notas podían ser las más tristes de un entierro.

Los jóvenes intentaban hacerlo lo mejor que podían, pero parecían sometidos a demasiada presión. Temblaban y se intercambiaban miradas incómodas mientras trataban de no tropezar con ellos mismos.

Todos estos sudores fríos que padecían se debía, principalmente, al público que tenían. Un grupo de hombres de trajes negros observaban con desinterés a la pareja, formando una circunferencia con ellos dos en el centro de las miradas. De piernas cruzadas en sus sillones de cuero negro, murmuraban y comentaban mientras fumaban tabaco y bebían whisky.

Uno de ellos, que sí mantenía la mirada fija en los dos protagonistas, fingía tocar con su mano las notas del piano en el aire mientras sonreía enigmáticamente bajo su sombrero. Era tal el punto en el que parecía conocerse la canción, que perfectamente podía ser él quien, a través de un piano invisible, estuviera emitiéndoles la siniestra melodía.

Al fondo del salón, en la más acuciante oscuridad, en un gran sillón acolchado de un rojizo tan fuerte que podía dañar la vista y que se parecía más a un altar que a otra cosa, estaba sentado un niño de unos siete u ocho años. El niño llevaba los ojos vendados y, aun así, parecía intentar seguir con desesperación el baile mientras tosía a causa de la nube de humo que había en la estancia.

El baile acabó y la pareja se quedó estática en el centro, esperando a averiguar qué era lo que iba a suceder a continuación. El hombre del sombrero se levantó y, haciendo señas, pidió que volviera a sonar la canción y se dirigió frente al niño.

- ¿Qué te ha parecido el baile? -Le preguntó.
- No puedo ver, no he podido apreciarlo -contestó, sin titubear.

El hombre, tras unos segundos de reflexión, negó con la cabeza decepcionado y se dirigió hacia los bailarines.

- No es suficiente -les anunció.

Y tras eso, sacó una pistola que tenía enfundada bajo su chaqueta y les propinó un disparo a cada uno en la cabeza.

Nadie se inmutó.

- Traed a los siguientes y ponedles la canción desde el principio -ordenó, regresando a su asiento.

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