domingo, 4 de septiembre de 2011

Feeling good

Una tarde cualquiera en la que caminaba por un paseo marítimo, tras un rato ausente en a saber qué, de repente se detuvo. Examinó con curiosidad sus manos y tras unos segundos miró con firmeza al frente. Y, sin más, sus pies empezaron a separarse del suelo.

Poco a poco, despacio, su levitación ascendente fue yendo a más, ante el asombro de los transeúntes que rápidamente formaron un corro estupefacto bajo él. Extendió sus brazos horizontalmente con las palmas hacia arriba y continuó elevándose solemnemente.

Cuando estaba a unos diez metros del suelo frenó su vertiginoso ascenso y permaneció estático durante minutos en los que ni él mismo ni los que allí se habían congregado ante la novedad podrían haber dado una explicación a aquello. Sin embargo, a algunos les daba la sensación de que él no parecía sorprendido. Pensaría que había pasado lo que tenía que pasar. Y así, rápidamente, ya era dueño de sí mismo a ese otro nivel.

Ahuecó la palma de su mano frente a él y, de la nada, una especie de esfera negra apareció sobre ella. La esfera estaba rodeada de una especie de diminutos relámpagos que chisporroteaban apareciendo y desapareciendo como furiosa ráfaga de energía contenida, sonando como cientos de látigos estampándose contra un mismo punto a un ritmo aleatorio y trepidante. Entre tanto, en lo que examinaba su creación con orgullo, el mar tras él empezó a encabritarse y las olas chocaban de manera excesivamente violenta contra las rocas, llegando sus estallidos a la inusual situación de invadir la acera. La esfera fue adquiriendo progresivamente un tamaño considerablemente más grande, más imponente.

Era como un sol negro posado sobre su mano, una esfera perfectamente lisa con una escandalosa tormenta eléctrica en su superficie. Todos, menos él, siguieron con la mirada cómo dicha esfera empezó, a su vez, a ascender independizándose de su lugar de nacimiento.

Así pues, aquella era la situación. La agitación de cientos de personas que contemplaban estupefactas cómo un hombre levitaba sobre ellos bajo una especie de sol de ardiente y tenebrosa energía, con el mar cada vez más embravecido y un viento huracanado que parecía no saber a dónde querer ir, pero sí alrededor de quién.

La fascinación acerca de dicha esfera ya había alcanzado lo que parecía su punto cumbre cuando, de repente, llegó su estallido. Una ensordecedora explosión que cubrió el cielo de fuego durante unos instantes ante el boquiabierto pánico del gentío. Y, mientras él empezó a sonreír ante lo que no era una toma de conciencia de su poder sino más bien una demostración de él, dijo así:

"El mundo va a cambiar a partir de ahora, he nacido por fin, ahora va a llegar mi dictadura"

Y dicho esto, extendió su brazo hacia arriba y de su mano brotaron innumerables corrientes de energía de un negro absoluto que se alargaban y serpenteaban entre ellas, uniéndose y tomando forma, transformándose. Entonces, cerró su puño, en lo acabó siendo la empuñadura de la gigantesca espada que se había creado tras la metamorfosis. Y, sin perder la felicidad que emanaba de su sonrisa torcida, habló nuevamente:

"Pero antes de eso, voy a divertirme"

Rompió el viento con la espada dejándola bajo su cintura y, estirando el brazo que le quedaba libre, apuntó con su palma abierta a un sector de su público, de manera aleatoria.

Y otra relampagueante esfera negra brotó de ella.

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